sábado, 22 de agosto de 2009

Las siete pesadillas del dios-de-dioses


LOS ENEMIGOS DE DIOS

RonyFer





Capítulo: «Las siete pesadillas del dios-de dioses




Aquella noche, sumido en lo más profundo de sus sueños, muchos años después de haber legado a otro dios su divino poder; mientras descansaba en su rancho de Texas, en una noche cálida sumido en un profundo sueño, escuchó el retumbar que descendía del cielo, luego espesos y negros nubarrones acechaban en el horizonte. Y se vio de pronto en lo alto de una colina, desde donde se divisaba el mundo entero, y de pronto una nube negra lo envolvió todo y de ella vio aparecer una luz descendiendo del cielo, entonces, entre aquella bruma, se le apareció transportada por aquel halo, una dama toda vestida de negro que él nunca había visto antes y que representaba la humanidad, al principio, ella lo contemplaba impávida, silenciosa; truenos y relámpagos en la mirada, fuego y sangre, luego se le acercó tan cerca que pudo divisar ese centello emanado de sus retinas, cuando estaban frente a frente, cara a cara, ésta entonces giró la cabeza sus hombros, abrió la boca de la cual emanó un fuerte viento hacia occidente, tan arrasador y violento como los vientos huracanados que destruyeran las costas y las casas, allá por Luisiana en sus aquellos años de poder, en cuanto cesó, se quedó allí, aquella extraña suspendida en el aire, en plena levitación, luego, parsimoniosamente se le aproximó de nuevo y después de un lánguido silencio, con la mirada fija en la suya, le exclamó:

- Ésta es la primera de siete, de ahora en adelante tus noches te parecerán más largas y tus sueños pacíficos no serán los de antes.

Y desapareció entre la bruma.

Se despertó horrorizado, sudando y jadeante, se vio en la oscuridad, al lado su esposa quién, con aire casi maternal le tomó entre sus brazos, estrechando su senil cabeza contra su pecho mientras le acariciaba el cabello, repitiendo sin cesar, “Tranquilo amor mío, que solo fue una pesadilla”.

Durante un buen tiempo, meses de relativa tranquilidad desde aquel extraño sueño que terminó por olvidarlo, total se dijo, solo fue eso, un sueño, uno de tantos.

Pero aquella noche de tormenta, cuando ya sumido en lo más profundo de su sueño, se vio de nuevo en aquella desolada colina desde donde se contemplaba una interminable explanada de tierra infértil, muerta, y en el horizonte se divisaba una gruesa columna de nubarrones, luego pudo sentir gruesas gotas de lluvia, que regaban todo el valle, luego aquella lluvia se convirtió en un breve instante, en un diluvio enorme, en un eterno diluvio, luego, la calma absoluta. Y entonces comprendió que esa calma relativa, era la misma que precedería a la tormenta por venir. Y tuvo miedo, se sintió solo, abandonado y abatido.

De pronto, cuando ya todo había retornado a la normalidad, se vio entonces ya no en lo alto de la cima, sino a sus pies, desde donde podía tocar aquella tierra fangosa. Y vio surgir plantaciones, el verde se apoderaba de aquel espacio hostil, maizales, trigos, frutales, flores, había de todo, no faltaba nada.

Entonces vio como un viento más fuerte que el anterior arrasaba con todo y ese viento era producido por las turbinas de muchos aviones de combate al despegar. Y luego vio en su sueño aquellos aviones lanzando bombas por doquier, con su poder mega destructor y a su paso no quedó más que aquel suelo arrasado de nuevo, luego vio la tantas veces milenaria ciudad ahora destruida, ni el tiempo ni las continuas batallas pudieron arrasar con Uruk, solo aquellos aviones que surcaban por el cielo con su lluvia de explosivos, aquella otrora joya para la humanidad entera, ahora desprovista de sus dioses protectores, Enlil, Enki y Lea.

Luego vio batallones de ejércitos que con su infantería y su caballería arremetían contra todo lo que de la furia del cielo escapó. Y entonces no quedó nada en aquella tierra, ni seres, ni plantas, ni animales, todo fue borrado de la faz del mundo. Solo ver aquel escenario desolador le causó una profunda tristeza y sus sollozos lo hicieron entonces despertar.

Y durante días enteros se le veía meditabundo y cabizbajo, consultaba infructuosamente sicoanalistas que pudieran encontrar la interpretación a sus sueños, ahora somnoliento, como para no permitir dejarse dominar por la fatiga é inexorablemente, por sus pesadillas.

Los médicos consultados aseguraban que todo eso era debido a un trastorno del sistema nervioso y aunque exámenes exhaustivos no dejaban entrever alguna lesión cerebral le recetaban entonces todo tipo de calmantes y soporíferos para atenuar aquellas intensas jaquecas casi cotidianas.

Pero todo eso solo era el preludio de noches sin final, inciertas.

Aprovechaba entonces hacer pequeñas siestas en su buró, otras en la sala o donde la fatiga lo venciese.

Y en uno de esos esporádicos descansos vio una breve escena que no pudo comprender, dispersados por doquier cadáveres apilados, de todos los continentes, de todas las razas, de todas las etnias se presentaban ante su vista, luego vio una enorme águila calva que con sus picoteos extraía los ojos y devoraba y se alimentaba de aquella carroña humana esparcida por los cuatro puntos cardinales.

Cierta vez, ya bien entrada la madrugada, vencido por el cansancio se quedó dormido en la sala, con el televisor encendido y en lo más profundo de sus sueños, vio de pronto aquellos nubarrones que se acercaban, cúmulo- nimbos inmensos acompañados de interminables y sucesivos relámpagos ocupaban toda la bóveda celeste, en su interior, una luz como bola de fuego que se agrandaba a medida que el cielo se cubría, y de pronto, aquellos negros nubarrones y relámpagos se apartaron de la luz, circunvalándola inexorablemente que ahora se tornaba de un color rojo intenso, silencio profundo, luego del centro, un enorme rayo partió la tierra en dos, una enorme fisura se formaba y aquel ensordecedor ruido producido por el craqueo de la tierra al partirse más fuerte que el rugir al unísono de todos los cañones y baterías de todas las infanterías del mundo, luego vio una enorme falla romper la tierra que nacía desde el oriente hasta el occidente.

Pronto vio que de las entrañas de la tierra surgían como plantas luego de las primeras lluvias, algunas formas fantasmagóricas, casi humanas que se desplazaban con dificultad dirigiéndose hacia él.

Y fue entonces qué, de aquella multitud de muertos vivientes vislumbró primero niños, cientos, miles de ellos, despedazados, mutilados, harapientos, descalzos y con la carroña desmembrarse de sus escuálidos cuerpos, luego secundados por adultos y viejos, todos en su dirección, a su encuentro.

De pronto vio una niña iraquí, quién sostenía con sus manos, las vísceras que de su vientre emanaban, acompañada también de miles de niños y adultos, descuartizados, mutilados, víctimas de los bombardeos, en su país natal, se le acercó, con la mirada clavada en la suya y con un gesto acusativo, le oyó recriminarle en su lengua:

- ¿Lesh aná? ¿Lesh ehná?- extendiendo su brazo, con la mano abierta mostrando a aquella macabra concurrencia.

Luego, sobresaltado, jadeante y sudoroso se despertó y se vio solo, abandonado en la casi penumbra del lugar.

Entonces pensó que todo eso era obra de sus enemigos, consultó los más eminentes religiosos, aquellos famosos magnates tele-evangelistas, sus incondicionales aliados en sus años de gloria y poder y de cardenales y de rabinos para que le exorcizaran de los espíritus del mal. Al mismo tiempo, cosa rara, lo embargaba la curiosidad por conocer el contenido de los sueños restantes.

Y como estaba previsto, cuando la fatiga le vencía, se quedaba así, boquiabierto y con los ojos desorbitados y fue entonces que vio aparecer en sus sueños multitudes de cadáveres y cuerpos que se erguían y se dirigían en su dirección, los vio de todas las nacionalidades, de todos los estratos sociales, tumulto de fétidos y desgarrados miserables, hordas extraídas de los confines del averno, amenazantes y con la mirada sin vida.

Entonces un viejo, quien encabezaba aquellas huestes macabras se le acercó y en lengua persa le dictó:

-Cherah man va? Cherah mahá?

Luego del grupo surgieron aquellos adultos y niños afganos que en coro le recriminaban:

- Bachi ma? Bachi moo bachidigaa?

Y en seguida aquellos de Paquistán o Afganistán; que en lengua pashto le cuestionaban al unísono:

Main kihó? Humloghe Kino?

De pronto, ante sus ojos vio un niño latinoamericano quien con tierna voz apenas audible le formuló, en su idioma, la misma pregunta:

- ¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros?

Lucía un semblante muy pálido y desde semanas anteriores se había manifestado en él toda pérdida de lucidez de espíritu, que le ocasionaba ahora más constante, cierta pérdida de la memoria.

Su estado físico se deterioraba, ahora se le veía más frágil, más vulnerable, aquella extraña é ignota enfermedad que padecía empezaba a mostrar todo su embate en aquel cada vez más flácido cuerpo, su palidez se asemejaba más y más a la de la muerte, perdía el apetito y hasta la razón, se volvió intolerante y malhumorado, reñía por todo y con nada estaba de acuerdo.

Aunque se esforzaba por no dormir, realizaba cualquier actividad para vencer ese deseo, esa necesidad de dejarse dominar, se quedaba allí, con los ojos entreabiertos donde la fatiga le venciese.

Tenía miedo, se sentía aterrorizado, esas pesadillas le estaban arrancando la vida poco a poco y aunque se había propuesto evitar soñar de nuevo, sus días se hacían insoportable, lo que antes, en sus antaño y lozanos años de gloria y poder fue la culminación de sus sueños, ahora se le revertían en horribles pesadillas que desfilaban ante sus ojos como diapositivas de imágenes apocalípticas de un mundo a su parecer ficticio.

- Ha de ser el inicio de mi senilidad- se confortaba en sus pensamientos, buscando en su interior, escudriñando en lo más íntimo del espíritu mismo las razones, el porqué de aquellas noches largas, sin encontrar respuestas que como panacea le aliviaran en aquel tormento.

Buscando reconforte a su cada vez más atormentada alma, ahora se ocupaba en cosas más simples, haciendo de la jardinería su pasatiempo preferido.

Por horas se le veía en plena labor cultivando y podando flores, el tiempo le absorbía ahora al cuidado de plantas, taciturno, perdido, silencioso.

Por recomendación médica se había convenido que pasaría la Navidad con su familia y ya entrado el nuevo año se haría los exhaustivos exámenes médicos, aunque los especialistas no encontraban aún signos de inquietud, le recomendaban reposo absoluto.

Su familia y cuerpo de seguridad se preparaban para el largo viaje, él, en cambio, deseaba estar sólo, profundamente sólo y ordenó le dejaran descansar.

Mientras cortaba algunas flores, vio de pronto que del centro del inmenso jardín de su casa, en aquella cabaña rodeada de rosales y buganbilias rojas encaramadas en aquellas paredes blancas trenzadas por tiras de madera, un niño al cual él nunca había visto, pensó para sus adentros que probablemente era el hijo de alguien de la servidumbre o de la seguridad, de pie en el centro del cobertizo que le observada detenidamente, sin recelo, luego, con un gesto de la mano, le invitó a seguirle hasta la fuente que se encontraba en el centro, una estatua de un niño proveía un manantial que la alimentaba de agua.

Luego, en aquel silencio sepulcral, aquel extraño infante hizo un ademán con la mano, las tranquilas aguas de la fuente se vieron de pronto agitadas y fue entonces cuando dios-de-dioses pudo observar la historia de su país, desde el inicio.

Vio las guerras por la independencia de su país, luego a los próceres de la patria extender aquellos enormes pergaminos para luego calzar su firma en el acta de la nación.

En seguida, contempló en aquellas imágenes reflejadas en las aguas turbias, la guerra secesionista y el nacimiento de un gran imperio.

Luego vio cuando, como primera aventura beligerante, su país invadía a un indefenso país vecino, le arrancó territorios, le humilló y le condenó desde entonces a ser un estado sumiso y entregado.

Por un largo instante se quedó allí. Observando aquellas escenas que a su vista se presentaban como macabras diapositivas que él, dios-de-dioses jamás imaginó se le presentarían así, tan reales, tan tangibles.

Y en aquellas imágenes en las agitadas aguas de la fuente, desfilaron escenas de las guerras, de todas las guerras dónde su país se entrometiera, guerras creadas por otros, guerras creadas por ellos, guerras contra países amigos, guerras inventadas, guerras contra indefensos estados, guerras saturadas de saña, guerras contra los niños, ¡guerras…guerras…guerras! En aquella nación sedienta de sangre y guerras.

Pudo ver la magnitud de la maldad de su pueblo, dónde antes hubo vida, un inmenso hongo blanco-plomizo se levantaba como desafiando al cielo y sus moradores, sacudía las entrañas mismas de la tierra, con un ruido inmenso, tan inmenso que repercutía hasta los confines del mundo.

Contempló un pueblo, negociando una salida a aquella guerra ya terminada, negociando su rendición, de pronto por el cielo del sol poniente se divisó el raudo vuelo del espectro de la muerte y de la aniquilación, inmensa águila calva de color metálico, con las insignias: Enola Gay.

Los habitantes de aquella ciudad condenada al exterminio fueron despertados en la madrugada de aquel 6 de Agosto por una deflagración, la primera que sacudiría al mundo, luego le seguirían otras y otras y tantas más, aunque fuera a título experimental.

Entonces, dios-de-dioses trataba de no ver más, ahora comprendía mejor, su nación, su pueblo, su raza, los más déspotas, los más despiadados, con ojos suplicantes le pedía a aquel niño extraño que ya no siguiera, que ya no lo atormentara más, pero era imposible, tenía que ser testigo de todo, absolutamente todo lo que su pueblo creó en su enajenada carrera por obtenerlo todo.

Esto era sólo el principio, lo peor estaba por venir.

De pronto, las aguas de la fuente se estabilizaron, el niño aquel, sin mediar palabra alguna, apenas le observaba, sin gestos, solo contemplándolo, con un leve movimiento de su mano izquierda, sin siquiera tocar las aguas, las agitó nuevamente con olas breves, las aguas, siguiendo un ritmo armonioso, suave, delicado, formaban otras imágenes, como diapositivas que se trazaban en el fondo de la fuente.

Vio a doce personas, todos varones, apenas vestidos todos con una túnica blanca con diseños trazados en oro y plata.

El que encabezaba aquella comitiva, de un color de piel ébano, el pelo liso, negro y largo, sostenía en su mano una caña de oro con el mango figurando un ave-serpiente en jade verde, su corona adornada de penachos de plumas de quetzal y su mirada de fuego.

Se dirigió al dios-de-dioses, quién con el rostro contraído, aterrado, buscando clemencia en aquella mirada de fuego serpenteando centellas que emergían de aquellos ojos de fuego de aquel anciano, y se le acercó:

¡Pum…! Sonó la caña al ser clavada en el suelo, con fuerza, con rabia y violencia, y la tierra tembló.

¡Pum…! ¡Pum…! ¡Pum…! Al unísono las otras once cañas que incrustadas en las entrañas de la tierra le formaban una fisura tan grande que casi la parte en dos.

Y el aire y el eco se llevaron en aquella tarde del mundo el constante ¡Pum…! ¡Pum…! ¡Pum…! de aquellas varas adornadas con cabeza del ave-serpiente a todos los confines del universo.

- Somos los creadores del tiempo, los artesanos de una gran civilización; somos los Grandes Sacerdotes Mayas, creadores del maíz y del frijol para alimentar al mundo, somos los fabricantes de eclipses y de lluvias y de noches de luna y de días soleados.

De templos magníficos que descansan escondidos entre junglas milenarias protegidas por una foresta virgen y hermosa.

Somos los que un día regresaremos, con la verdad en nuestros corazones a reconstruir toda la sabiduría que intentamos transmitirles a todos los seres del mundo y que no supieron aprovechar. Nuestro mensaje de amor y de armonía.

Tu pueblo vino aquí, a nuestras tierras, nos robaron a nuestros hijos, les masacraron y violaron a nuestras mujeres y destruyeron la inocencia de nuestros niños.

Tu pueblo vino aquí, a nuestras tierras, a nuestro dominio, al no tener el valor de enfrentar a nuestros nobles guerreros en regia batalla entre hombres, frente a frente, los atacaron desde el cielo con sus águilas que vomitaban muerte y destrucción.

Tu pueblo vino aquí, a atacar cobardemente, desde el cielo, a todo un pueblo indefenso y noble.

Extrajeron toda su riqueza dejando a nuestro pueblo sumido en el hambre, en la desolación, en la ignorancia, corrompieron el alma de nuestro pueblo, se los llevaron lejos y les convirtieron en instrumentos para sus tantas y salvajes guerras.

En cuanto a ti; sintiéndote el ser más poderoso, el más arrogante, sin respecto alguno por las tradiciones y la cultura de los pueblos; tú profanaste con tu presencia el Centro Ceremonial de nuestros descendientes en Tecpán; nos ofendiste con tu presencia.

Nadie que tenga el corazón de malvado puede pisar nuestros sitios de reflexión y plegarias, si se tiene el corazón perverso, si no se siente el mínimo de amor al prójimo, si su espíritu está carcomido por la maldad, la corrupción, la falsedad y la ambición desmesurada; su presencia allí es inaceptable.

Pero volveremos, la fecha está próxima, el castigo de los creadores del tiempo caerá inexorablemente contra todos aquéllos que atacaron injustificada y cobardemente nuestra nación de mayas. El Petén surgirá de nuevo como una gran nación, como una nación luminaria que servirá de faro para la humanidad entera. La fecha está próxima, se acerca ya ese día, tan esperado por nosotros y por todos los seres de este mundo. Y todos los descendientes nuestros serán felices nuevamente, como lo fue en nuestros tiempos.

Y desaparecieron, se esfumaron sus imágenes aterciopeladas con penachos del ave-serpiente reflejadas en el agua.

Él seguía allí, embobado, sin poder exclamar nada que no fueran gemidos.

El niño le observaba, silencioso, luego volvió a agitar las mansas aguas, sin siquiera tocarlas y dios-de-dioses. Se vio de pronto en el Battery Park en Manhattan, ante la estatua de la Libertad, en la isla del mismo nombre, a orillas del Río Hudson.

Aquella reina de cobre- verde, estática en el tiempo. Su mirada de ternura reflejada en sus ojos de cobre- verde, la antorcha, en su mano derecha, elevada hacia el cielo como iluminando a la humanidad, en la izquierda, la tablilla de ley con una fecha inscrita en símbolos romanos marcan una fecha: JULIO IV MDCCLXXVI, y a sus pies, apenas calzados por una cadena rota, símbolo de generosidad, esperanza y libertad y que fuera diseñado por Frédéric-Auguste Bartholdi, donada como muestra de amistad por el pueblo francés en conmemoración al primer centenario de la independencia de la nación.

La mujer representada en la estatua es Marianne, emblema nacional de Francia, que es una personificación de la libertad y la razón.

“Dadme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras masas amontonadas anhelando respirar libremente, la basura desgraciada de su orilla de vertido. Enviadme éstos, el nómada, tempestad-sacudido. Levanto mi lámpara al lado de la puerta de oro”.

Se puede leer en una placa asentada en una de las paredes en bronce, corroída ya por las inclemencias del tiempo. Con su mirada, casi maternal, la frente en alto como queriendo divisar en el horizonte del mundo, la llegada ansiosa, a puerto seguro de millones de desamparados.

Así estuvo dios-de-dioses, absorto contemplando aquella estatua en la lontananza, de pronto tuvo la impresión que… ¡se movía! ¡Sí! La estatua se movía.

Primero se sacudió la cabeza y le miró fijamente, sus ojos emanaban rayos y truenos, luego agitó su antorcha sostenida por su mano derecha, la lanzó con toda la potencia sobre el mar Atlántico, y le vio estrellarse en el Monte Kilimanjaro, en Kenia.

Luego alzó la voz al cielo, en un estrépito que se escuchó en todos los confines del mundo.

«Vengan todos, vengan a probar de la Gran Manzana, que para todos hay.

Vengan de todos los rincones del planeta, de todos los colores, de todas las razas, de todas las religiones, todos están convidados a comer de la Gran Manzana, la tentadora Gran Manzana. Vengan todos al festín, que no quede nadie sin probar la Gran Manzana hecha para toda la humanidad.

Pero recuerden, fue la manzana la que corrompió a los seres humanos, es la fruta prohibida, la de la tentación.

La manzana es el fruto de la muerte - les hizo la reminiscencia a todos los pueblos del mundo - es la tentación que condujo al hombre a su destierro eterno, a su propia destrucción».

En seguida, un silencio ensordecedor, que presagiaba algo peor por venir, un advenimiento de algo terrible, luego de su corona empezaron a salir cual meteoros y cometas hacia todos los cielos del planeta, aquellas centellas que no eran más que misiles lanzados hacia todos los pueblos del mundo.

Y resonó entonces una carcajada, una horrible carcajada emanada de la garganta centenaria de la reina vestida de cobre-verde.

“! Já… já… já!” retumbó aquella carcajada que hizo estremecer al cielo, despertando a todos los inquilinos de este planeta con su burlesca carcajada.

¡Já… já… já! ! Fuck the world!

Luego, de aquella mano que otrora sostuviera la antorcha, levantó el dedo medio, el del corazón, en alto, los otros dedos escondidos en la palma de la mano, y con firmeza se los mostró entonces al mundo.

Era un ser diabólico, girando su cabeza que lanzaba misiles a todos los rincones, sin dejar de emitir aquella burla infernal, miró hacia el suroeste, hacia California.

-¡Vamos Arnold!, nuestro Arcángel, que con tu espada de guerrero nuestro, expulsas esas hordas de indios, negros y chinos. ¡Vamos, nuestro Arcángel Arnold, expúlsalos, saca de nuestras tierras de cultivo y de nuestras vidas a todos esos indios mexicanos, centroamericanos o de cualquier nación!

¡Adelante, mis valientes soldados, lanzadores de bombas desde poderosos aviones nuestros, efectivos en el arte de matar! ¡Acaben con todos, no tengan piedad, aniquílenlos, a todos, que no queden ni hombres, ni mujeres, ni niños, todos por igual, que desaparezcan de la faz de la tierra todos los pobres, todos los oprimidos, todos los olvidados… ¡Já…já…já!

¡Vengan, vengan todos, vengan a la Gran Manzana, vengan a pudrirse con este fruto que es tentación y de la cual se sirven reyes, magnates y gobernantes del mundo entero!”

Luego, el silencio total, como si las entrañas del mundo se preparara para algo peor, nada más pasó, la diosa de cobre-verde seguía ahí, serena y con la mirada perdida en el horizonte, con su antorcha iluminando el mundo.

Entonces, el niño se fue desvaneciendo, desapareciendo de la vista del dios-de-dioses, se fue tal como vino, simplemente, se esfumó.

Entonces, dios-de-dioses se quedó solo, profundamente solo y triste, empezó a sentir cierta debilidad súbita, cierto adormecimiento de la cara, las manos, las piernas. Su ojo ya no era capaz de ver con claridad, se sentía mareado, le fallaba el equilibrio, buscó entonces su butaca para reposarse un poco. Aquel dolor agudo de cabeza le estaba torturando.

Y entonces, cayó en una especie de sueño que no era sueño.

En seguida se vio atravesando un extenso y oscuro túnel, al final halló una niña que le esperaba, con la mano extendida hacia él.

Luego se dejó conducir por aquella infanta con atuendo iraquí, su guía, ella le tomó de la mano, suavemente y con ternura y lo condujo por un largo y oscuro pasillo, de pronto, en la oscuridad, apenas iluminada por un halo de luz suave vio a cientos, miles de seres, hombres en su mayoría, todos en avanzada edad, todos vestidos con una túnica negra, cabizbajos, sombríos, taciturnos, sin mirada en aquel inmenso salón.

- Reconozco a algunos de ellos, de los otros, solo supe.

- ¡Por supuesto! A todos los conoces a algunos más que a otros, ¡pero a todos reconoces! ¿Sabes por qué? ¡Tienes tanto en común! Todos, en su debido tiempo, también se sintieron dioses.

- Éste de aquí- señalando a aquel anciano – lanzó dos bombas atómicas en un país ya derrotado y negociando su rendición, miles murieron en el acto y todas las generaciones por venir fueron condenadas, durante muchos años, después, algunos años más tarde, ensayaría su arsenal de bombas químicas y biológicas sobre populaciones civiles, más allá del paralelo treinta y ocho. Este otro, antaño vaquero de películas, bajo su mandato murieron miles de seres sobre todo en Centro América. Aquel de allá vino del África, ¡se comía las entrañas de sus prisioneros! Este otro, de Haití, se enriqueció con el sufrimiento y el dolor de su pueblo, mató y torturó a miles, el de al lado está su hijo quien le relevó del cargo y continuo con la obra desoladora del padre. Y por aquí, éste otro, se autoproclamaba “El Ungido”, “el enviado” y cometió los más horrendos crímenes contra toda una nación de ancestros mayas.

Aquel, el de la esquina, alguna vez fue gobernante de la otrora nación más poderosa del mundo, envió a miles al cadalso frío de los goulags de la Siberia, matando a otros tantos miles, él, como todos aquí, cometieron los más horrendos crímenes contra la humanidad.

Y aquella interminable lista se continuaba por un largo tiempo, todos, ante sus ojos mostraban su profundo pesar y su inútil arrepentimiento.

Reconoció entre aquella multitud de atormentados para la eternidad a los Hitler, Truman, Mussolini, Churchill, Pompidou, Hirohito, Stalin, Milósevic, Jomeini, Sharon, Olmert, ben Laden, Napoleón y miles más, desde el inicio de la historia, y algunos otros conocidos por él por simple intuición; Ríos Montt, Lucas García, Viola, Trujillo, Pinochet, Sánchez, Somoza, Duvalier, Amin Dadá y tantísimo más.

Vio incluso a su abuelo, luego su propio padre, y a su lado, un espacio vacío, reservado, en espera.

Y vio también entre aquella multitud, desde generales hasta simples soldados, los otrora hombres influyentes y poderosos reyes y monarcas.

Hombres de negocio, científicos inventores de armas de destrucción masiva, jefes de gobierno, traficantes connotados de todo género, destructores de vida.

Magnates comerciantes acaparadores de alimentos y de medicinas, fabricantes de hambrunas y de pestes; también pudo distinguir científicos de laboratorios multinacionales, creadores de virus mortales. No faltaba en aquella muchedumbre de desgraciados, los jefes y caudillos de iglesias y de todas las religiones, mercaderes de la fe.

- ¿Y todos ellos ya vieron a Dios?

La niña le miró de reojo, mientras sonreía cándidamente:

- ¡Todos miran a Dios, aunque sea una sola vez!

- ¿Y por qué están vestidos de negro? ¿Cuál es su castigo?

- Su condena, lamentarse de sus actos para toda la eternidad, despojados de ese poder terrestre que aquí de nada les sirve, despojados de todo privilegio adquirido. Están vestidos así, con ese atuendo negro en señal de sus impuras almas y de sus macabros planes hacia la humanidad.

- ¿Y fue Dios mismo quien les condenó?

- ¡Dios no condena a nadie! Cada quien reconoce por sí mismo, al llegar aquí, el castigo o el premio que merecen sus acciones.

Mientras le conducía, al final de aquel interminable túnel, se vio de pronto en aquel basto valle, entre una enorme vereda bordeada por árboles de la flor de Madagascar que despedían aquel perfume por doquier, luego un inmenso jardín de jazmines, rosas y azucenas. Por los cielos volaban libremente quetzales, palomas, águilas, chorlitos, papagayos y todas las aves del cielo. Vio animales y plantas habidos y por haber y que formaban parte de esa fauna y esa flora en el jardín del Edén.

Vio fuentes por doquier, de donde brotaban manantiales de agua clara. Sintió el olor de todos los perfumes emanados de tantas flores.

De pronto, al final de la travesía, iluminado por una tenue luz, en un lugar de donde expedía cierta paz, cierta tranquilidad, ese candor, esa sensación de bienestar, de amor puro, de conforte, rodeado por miles o millones de niños de todas las razas y colores, vio a Dios en un trono, quien con aire misericordioso le miraba fijamente.

Y lo vio entonces con rostro multirracial, multiétnico, totalmente diferente de como lo presentaban los grandes artistas pintores. ¡Nada que ver con aquel anciano barbudo y calvo, de ojos verdes, tez blanca y cabellera larga!

- No veo adultos, ¿dónde están?

- Los privilegiados que tienen acceso a este lugar, al llegar aquí, nacen de nuevo, llegan a cierta edad, niños todavía, y así permanecen por la eternidad, no se hacen adultos, para luego, irrefutablemente hacerse ancianos y posteriormente; morir. Aquí la muerte ya no existe, nadie muere dos veces. Aquí no hay necesidad de lenguajes ni de signos para comunicarse, aquí reina la armonía, el amor puro.

Entonces se aproximó a Dios, al supremo y verdadero rey de reyes, quiso decir algo, más de pronto sintió una profunda vergüenza, una pena muy grande, nacida desde lo más remoto de su interior.

Bajó la vista, se sintió incapaz de verlo directamente a los ojos, entre balbuceos y sollozos reconoció entonces la existencia de este Dios, único y verdadero, un Dios para todos, pluralista, sin pueblo elegido en particular, sino que para todas las naciones y para todos los seres, repleto de amor, y el cual él negara en tantas ocasiones.

Luego, girando lentamente la cabeza sobre su hombro, como lo hiciere alguna vez, solo que ahora miraba hacia el lado opuesto, a su lado izquierdo, humildemente, sin arrogancia y fue entonces que se vio entre torrentes de petróleo y de dinero, rodeado por su familia, sus amigos y sus aliados, comparsas de siempre, en aquellos años de poder absoluto, de grandeza y de derroche, en aquellas lejanas noches de gala y de lujuria, de caviar y champaña allá en la Casa Blanca.

Luego vio a seres humanos, inocentes todos, destrozados por las bombas lanzadas de rapidísimos y modernos aviones de combate.

Vio en aquella visión poderosos ejércitos invadir indefensas naciones, soldados deleitarse mientras bebían la sangre de sus víctimas, violar niñas, torturar prisioneros, masacrar pueblos. Vio el rostro burlesco de militares de todos los rangos y civiles interrogando acerbos; a sus víctimas, vio prisiones clandestinas y prisioneros acusados sin el debido proceso, repartidos por doquier.

Vio multinacionales repletas de dinero y de poder, y hombres y mujeres en plena locura de derroche sin mesura. Vio la abundancia exuberante de sus servidores de antaño.

Pronto esta escena fue remplazada por otra, menos grata de ver.

Vio niños por todo el orbe, con las barrigas llenas de parásitos, con sus fláccidos cuerpecitos y la mirada perdida, implorando algo para mitigar el hambre, mientras las moscas les revoloteaban por sus bocas.

Madres que con sus escuálidos senos trataban inútilmente de amamantar infantes, senos vacíos de leche materna, otras llorando la pérdida de sus hijos, viudas solitarias extrañando sus esposos, hijos desperdigados por doquier a la búsqueda de sus progenitores, pueblos arrasados y destruidos por la codicia de los demás.

Vio también aquella empobrecida é infecunda tierra, sin recursos naturales, todos explotados indebidamente, vio el azote del cambio climático como consecuencia de la avaricia voraz y destructora.

También contempló con amargura, a su pueblo y a otras naciones de la Europa occidental y Canadá perderse en el caos de la corrupción, enriquecidos a reventar de los patrimonios de las naciones desheredadas.

Era la decadencia social, jóvenes perdidos en el limbo de las drogas, de la prostitución, padres contra hijos y viceversa, matrimonios entre seres del mismo sexo, abortos, crímenes por doquier, incestos, violaciones, suicidios, todos productos de la enajenación social y la mezquindad.

Luego, aún conmovido por aquellas escenas de horror, sacudido en su interior por una extraña fuerza llamada conciencia, apenas pudo balbucear:

- ¡Ese ejército! ¡Era yo era su comandante en jefe! Esos soldados implacables y deshumanizados, ¡Estaban bajo mis ordenes! ¡Yo ordené invadir esas tierras, arrasarlas, destruirlas! El aprisionamiento y tortura de esos seres, me fueron indiferentes, como lo fueron el sufrimiento de millones de seres.

Acumulé enormes riquezas con el sufrimiento de la humanidad entera, no tuve compasión por los débiles ni los desprotegidos.

- Al ver esas tristes escenas, hubo cosas que no fui responsable, pero que nada hice en mi poder por cambiar. Ahora comprendo mi error, fui ciego y sordo, no quise ver, no quise escuchar.

Luego se volteó hacia el trono de Dios, profundamente arrepentido, postrado de rodillas, llorando, descargando al fin aquella alma maligna, imploraba del Señor su divino perdón, le suplicaba darle otra oportunidad, juraba y prometía que al volver, haría todo cuanto estuviera en su poder por cambiar.

- Muy tarde llega tu arrepentimiento – le reprimió la niña- tuviste tu oportunidad, desde tu puesto privilegiado en la historia y no la supiste aprovechar, ahora, despojado de poder y de influencias, nada puedes hacer, lo que ya se hizo, nadie puede deshacer. Tal es la ley que rige el cosmos desde el principio del tiempo.

- Y Dios, ¿Por qué no me responde?

- Durante mucho tiempo te estuvo enviando mensajes que nunca quisiste escuchar y por tanto, ¡eran tan evidentes! ¡No hay más sordo que aquel que no quiere escuchar! Los mensajeros de la paz y del amor demostraron con su ejemplo, lo que Dios espera de todos sus hijos. Que se amen los unos a los otros.

Luego lo comprendió todo, en silencio, resignado, mientras un niño vestido de quechua, le entregaba en sus manos, su respectiva túnica negra.

Al regresar su familia y la servidumbre le encontraron sin vida, inerte en el jardín, en aquel diván, los ojos abiertos, desorbitados, excretando un espeso espumarajo por la boca, los médicos que examinaron el cadáver diagnosticaron muerte por embolia cerebral.

La muerte del dios-dios ocupó apenas algunos espacios en los titulares de los medios informativos del mundo, total, “A dios muerto, dios puesto” rezaba aquel adagio popular.

Además, fue un dios que ahora la sociedad trataba de olvidar por lo perverso de su mandato, de su insaciable hambre de carne y sangre humana y para sus conciudadanos, el daño irreparable que le causó a la economía y al orgullo nacional.

sábado, 24 de mayo de 2008

El viejo y el Àrbol


Hubo una vez, hace ya muchos, pero muchos años, vivía en la campiña de un bello país llamado Quetzalandia, un niño y su familia.

Creció feliz, entre caballos y animales de corral, correteando entre maizales en juegos de patojos.

Era un niño feliz, a pesar de su pobreza, y eso le convenció de por vida, que el dinero no lo era todo.

Que se era más libre correteando y jugueteando entre sus amiguitos, al aire libre, sin tropiezos y sin prisa.

Su padre poseía una pequeña parcela, algunas hectáreas de pasto alimentaban al ganado vacuno y el niño ayudaba a sus padres, después de la escuela, en los quehaceres de la propiedad de la familia.

Se ocupaba de encerrar al ganado en sus corrales, separando las vacas de sus crías, para que pudiesen proveer de leche, la mañana siguiente.

Cierto día descubrió cerca de un arroyo detrás de la cocina de su casa, una plantita, la pobre planta hacía esfuerzos para sobrevivir entre las piedras, apenas sacaba sus hojitas hacia el cielo, buscando desesperadamente la luz del día, para que el dios sol le colmara de su energía.

Sus frágiles ramitas, endebles y sin fuerza apenas se sostenían de pié, entonces, el niño, con tanto cuidado, separó las piedras de la planta, la arrancó con ternura y la resembró más lejos, en un lugar alejado de las piedras, en un lugar más plano, a corta distancia de la casa. La cercó con varas de bambú, para protegerla de las aves de corral y de los cerdos.

A partir de entonces, todas las mañanas la regaba con agua fresca del manantial, la abonaba de tiempo en tiempo y le prodigaba todos sus cuidados.

Y la plantita creció, se hizo arbusto. Era un lindo árbol de mango.

Y el niño velaba por el arbusto, cotidianamente, con esmero para que no le faltara a su arbusto, sus cuidados, su entrega.

Al correr del tiempo, el niño creció, llegó la hora de ir a la escuela, de conocer nuevos amigos. De regreso a casa, siempre llegaba al arbusto, a presentarle, a su amigo el arbusto a sus amiguitos, les pedía que le respetaran, que no le hicieran daño, porque el arbusto era su amigo.

Y entre visitas de chiquillos, un buen día de primavera, el arbusto mostraba recostados sobre el entronque de sus ramitas, los primero capullos que pronto se convirtieron en flores que saturaban el espacio de un perfume delicado, suave, profundo.

Luego le surgieron ciertos botones verdes, diminutos botones verdes al principio, que se formaban al caer de las flores, eran los primeros mangos, sus primeros frutos, sus primeros retoños.

El niño se sentía feliz ¡Su amigo el arbusto le mostraba a su familia, a su prole!

Con el correr del tiempo, aquellos diminutos frutos fueron creciendo, adquiriendo un color muy peculiar, de lo verde pasaron a lo amarillo, luego en un juego policroma, se fundían los colores, luego se tiñeron de anaranjado color, hasta tornarse rojos de púrpura encendida.

Eran unos enormes, jugosos, fibrosos y deliciosos mangos, que al comerlos, sus fibras se estancaban y se enredaban entre los dientes de quiénes probaban de aquel delicioso manjar, regalo del Cielo, como queriendo prolongar en el paladar, aquél gusto tan singular.

Y el arbusto proveía siempre, en todo tiempo, aquellos exquisitos y hermosos frutos.

Los más afortunados eran los niños, de ida a la escuela, o de regreso a casa, siempre encontraban dispersados por el suelo, un tapiz saturado de aquel manjar, en todo tiempo, en cualquier estación del año.

En invierno, como en verano, todos los niños degustaron, a sus pies, el fruto generoso del Mango, el árbol amigo.

Y corrió el tiempo y los años también.

Y el niño se hizo adulto y el arbusto se hizo árbol.

Un buen día, simplemente; el hombre desapareció.

No se le vio más por mucho tiempo; el árbol, su amigo, alzaba sus ramas hasta el cielo para poder divisar en la lejanía, el regreso de su amigo que de seguro volvería pronto.

Parecía enviarle su mensaje con las brisas del viento, como queriendo decirle: “A dondequiera que estés, vuelve”

Y entonces, cierta tarde de verano, le vio aparecerse en el horizonte, al aproximarse vio que era acompañado de otra persona que el árbol no había visto nunca por los alrededores.

Iban tomados de la mano, se les veía sonrientes, felices y entonces el árbol vio a su amigo, el hombre, con un rostro que nunca antes le había visto.

Sonreía, emanaba una energía hasta entonces para el árbol desconocida.

El árbol no podía comprender, cosas de humanos talvez, aunque la razón era simple. ¡El hombre se había enamorado!

Sin comprender nada, obedeciendo a una ley, a una orden natural, el árbol soltó una bella flor, como prueba de su beneplácito ante tan distinguida visita.

El hombre recogió la flor del Mango y la depositó en el cabello, en aquel abundante y voluminoso cabello, repostada sobre la oreja,

Y la mujer sonrió.

El hombre era feliz, como nunca antes le había visto el árbol. Y se congració con él, con su felicidad contagiosa.

Pero; cierta vez, algunas lunas después, el hombre llegó solo, se le veía triste, muy triste, acabado, derrotado.

Se sentó a la sombra del árbol, extrajo una botella muy bien guardada y se la tomaba en grandes sorbos, mientras lloraba; el hombre sufría.

Y le contó a su amigo, el árbol su inmenso dolor, su amargura; la ingrata se había marchado, le había abandonado por irse con otro hombre, que le ofreció riquezas, la luna, el sol y las estrellas.

Y el árbol sintió entonces compasión por su amigo, le rozaba el rostro con sus ramas, le acariciaba el pelo alborotado. Y el hombre se quedó dormido a los pies de su amigo, el árbol.

Y así pasó el tiempo, para el hombre y su árbol, su amigo.

Y el adulto se hizo viejo, el árbol se hizo más árbol.



Moraleja: La naturaleza no nos pertenece; sólo la compartimos. Somos parte de ella. No la destruyamos. Protegerla es nuestro deber, ella nos devolverá todo lo que le demos, con su amor maternal.


jueves, 20 de marzo de 2008

Novela "Los enemigos de Dios", capítulo »Cuando yo sea grande; seré una "Moujahida"» RonyFer



LOS ENEMIGOS DE DIOS

RonyFer

¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses! Pues de nosotros dicen, proceden los males.

Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde.

-Homero, La Odisea-






Los efectos de una ocupación.

Sólo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana”

-Albert Einstein-










Cuando yo sea grande; seré una “Moujahida”

Los preparativos de la boda se organizaban cual era la costumbre habitual donde parientes y amigos se reunían en la aldea, eran invitados todos sus habitantes, además de los parientes y amigos de afuera. Se servían dulces y jugos, todos convidados a la gran cena.

Era la boda de Farez, el mayor de siete hermanos y la algarabía que predecía a su boda con Hanane, de una tribu cercana colmada de felicidad a aquel viejo padre que, al fin vería nietos juguetear y la familia crecer, ahora sí, podía morir en paz, su generación estaba asegurada.

Y aquellos dos hermanitos intrépidos, cansados de tanto jugar, escapados del grupo, escondidos entre las rocas, observaban hacia abajo, en aquella hondonada donde se asentaba su aldea, el desplazamiento por doquier de aquella gente suya ocupada en los preparativos de tan magno acontecimiento para toda la comunidad.

Y entre escondrijos de piedras y de aquel enorme oleoducto que atravesaba la región, por la provincia de Al Anbar, muy cerca de la frontera con Siria, haciendo caso omiso a los múltiples llamados de sus parientes, con la pillería de lo cual, eran capaces, contemplaban desde su escondite desde lo alto, toda la planicie de la aldea.

Hamza, ferviente admirador de aquella lejana sociedad tan moderna, tan sofisticada, tan única, luciendo orgulloso su gorra de los “Yanqui’s” de Nueva York, obsequio de un tío suyo que años atrás les visitara.

Karima hacía honor a su nombre, ya que en árabe significa, “magnánima, solidaria, generosa”, todos la amaban por ser así. Desde muy niña compartió juegos y juguetes, golosinas y todo lo que pudiera dar, un ser tan noble que era el orgullo de toda la comunidad por ese espíritu suyo de entrega.

Hamza, mientras tanto, con la vista hacia la hondonada desde donde se vislumbraba la aldea, sentado en un peñón en sus reflexiones más profundas recordaba cuando semanas antes acompañara a los varones a visitar y pedir en matrimonio a la novia con los varones miembros de su familia y de su clan, se acordó de aquella ceremonia cuando al entrar el grupo de visitantes se les ofreció té y que, según la tradición tribal, no lo aceptarían antes de tener una respuesta afirmativa a la razón de su visita.

Algunos días antes había sido el turno de las mujeres, familia y amigas de la comunidad del novio rendir la visita, esta vez a las mujeres del clan de la novia.

Y se recordó cuando, luego de hacer las pesquisas correspondientes sobre la honorabilidad de la candidata a esposa, luego que entre los parientes de ambos lados se había convenido la dádiva a dar que consistía en alhajas adornadas en oro para los padres de la prometida, luego en aquella armoniosa reunión, donde reinaba la felicidad. Esta unión vendría a fortalecer aún más las relaciones entre éstas dos comunidades de mercaderes.

Aquella tranquilidad se vio de pronto interrumpida por un estrepitoso ruido venido del cielo, por el espacio surcaba aquel F-18 Hornet volando a poca altura, circunvalando la comunidad, el asombro, luego la consternación cuando descendió y picó hacia la aldea, entonces, todos empezaron a huir, despavoridos ante la incertidumbre, de pronto se elevó, y ya a cierta altura, a su regreso, arrojó repetitivamente y sin tregua sus bombas sobre la comunidad, las madres con su cuerpo trataban de cubrir a sus retoños de aquel ataque venido quien sabe de dónde y porqué, los gritos desesperados y las plegarias suplicando la protección de Alá se mezclaban con el retumbar de las explosiones de las bombas al caer.

Se empezaron a ver cuerpos o restos de lo que quedaba volar por los aires, la consternación y el pánico se mezclaban ahora con las lágrimas y los desgarrados gritos de aquellos infortunados.

Algunos minutos después que duraron toda una eternidad, el silencio profundo, aún bajo las fumarolas de la aldea en llamas, los cuerpos dispersados por doquier, mutilados, destrozados, mientras en algún rincón, no lejos de allí, algún perro sobreviviente, malherido gemía en soledad.

Sin poder pronunciar palabra alguna, Hamza y Karima que lo habían visto todo desde su escondite en lo alto de la colina se acercaron un tiempo después, examinaban sin poder comprender las razones, los cuerpos de adultos y niños dispersados por doquier.

A este le faltaba la cabeza, a éste otra una bomba le arrancó las extremidades inferiores, allá, aquella madre, bajo su cuerpo sin vida trataba de proteger vanamente aquellos tres cadáveres de infantes y aquel cuadro también horrendo de aquella niña, prima de ellos, con las vísceras reventadas, al descubierto.

Mas allá, en aquella esquina de la aldea, quién sabe como, los novios tendidos, él que con su cuerpo en un postrer momento tratando de salvar la vida de su amada, logró arrastrarse hacia ella, para luego morir sobre su pecho, ella, con la mirada hacia el cielo, ambos yacían sin vida.

Nadie sobrevivió a aquel certero y mortífero ataque, todo era muerte y desolación. La vida arrancada de tajo en aquella humilde comunidad tan lejana é inaccesible a la civilización, ahora por razones ignotas, absurdas destruida, aniquilada, devastada.

Y entre los escombros buscaban afanosamente los restos de sus padres, ella contempló con estupor a su madre, cara al suelo y los ojos desorbitados, bajo su regazo, dos infantes, uno aún en la edad de lactancia, el otro apenas superaba los tres años, la madre en su espalda mostraba una enorme perforación y no muy lejos, sus otros hermanos al lado del padre.

Tres días después, un grupo de la resistencia encabezada por un anciano, de sandalias y su arma al hombro encontraba a aquellos niños extenuados, aún bajo estado de somnolencia, derrotados, sin fuerza, la mirada sin mirar, las manos ensangrentadas de tanto cavar aquellas interminables tumbas vacías aún, bajo el sol candente y aquel pestilente olor de la carroña.

Sin menguar palabra alguna les ayudaron entonces a enterrar a todos los muertos, luego de colocar los cuerpos en las fosas, a falta de féretros en sentido perpendicular a la Quibla, aquel anciano se situó a la cabeza de los varones y detrás de la parte del medio cuerpo en las mujeres, mientras, los presentes de pie, a sus espaldas, preparados todos para realizar aquella improvisada Salat ul Yanasa.

Luego de la última plegaria, sumidos todos por un eterno silencio, el anciano tomó del brazo a Karima, que había sido separada a prudente distancia mientras les invitaba a ambos seguirlos.

Se perdieron todos entonces entre la bruma de las arenas del desierto, sin rumbo fijo, la noche que pronto caería y el destino como guías.

Ya en aquella improvisada base de la resistencia, una anciana acicalaba el cabello de Karima, con gesto maternal le besaba las manos y la frente, ella entre sollozos, con la mirada perdida, temblorosa y asustada, abrigada en los brazos de la anciana logró apenas musitar:

“Cuando sea grande, seré una Moujahida, una combatiente de Alá”

De niños se convirtieron en adultos en un amanecer cualquiera cuando se perdió la inocencia, aún en la edad de la adolescencia ahora deambulando por días y noches enteras, a veces bajo el sol arrasador del desierto, otras en aquellas frías noches y otras más, tratando de protegerse de aquellas interminables tormentas de arena, durante dos años, nómadas sin tierra en la propia tierra, por las noches cobijados bajo las estrellas y siempre huyendo de los constantes enfrentamientos en aquel país ahora ocupado y con el espectro de una guerra civil.

Hamza, mientras tanto, se había vuelto todo un envidiable y bravo combatiente, ante al asombro de sus compañeros era todo un experto en la manipulación de aquella vieja Kalashnikov y en la preparación de bombas artesanales caza-bobos. Le llamaban “Tiro certero” por la precisión con la que alcanzaba con su arma sus objetivos.

En sus prácticas de tiro utilizaba siempre aquellos señuelos con la gorra de los Yanqui’s. De aquel mocete carismático no quedaba nada, ahora se notaba más frío, más taciturno, más calculador, desde aquella trágica tarde, nunca más volvió a sonreír.

Cierta tarde, los vigías pudieron observar una columna que a pie, debido a lo escabroso del terreno, se aproximaban peligrosamente a la aldea de la resistencia, luego de preparar una emboscada contra el enemigo, desde su escondite divisaron aquella patrulla de siete marines haciéndose guiar a varios metros en la vanguardia por cinco soldados del ejército regular iraquí, a quienes los extranjeros seguían a prudente distancia, ya los esperaban, cuando entraron a aquella hondonada, pequeño cañón formado entre aquellos interminables montículos de enormes rocas, primero dejaron pasar los efectivos iraquíes, luego los cercaron con un alud de piedras y ya aislados, empezaron el ataque contra los Marines, quienes, víctimas del efecto sorpresa del ataque, nerviosos, con sus armas apuntaban y disparaban hacia arriba, sin dirección, sin objetivo visible.

Entonces al grito de ¡Allaho akbar!, Dios es grande aquellas hordas enajenadas de odio y deseos de venganza empezaron aquella lluvia de balas por doquier, las ráfagas rebotaban en los chalecos antibalas de los soldados, que caían inexorablemente, cuando al fin eran alcanzados, el primero en caer fue aquel con la mochila al dorso y el radio-transmisor en la mano, el disparo de Hamza le alcanzó justo en la frente, cayó de bruces instantáneamente.

De uno en uno se fueron desplomando, mientras, escondidos entre las rocas, otro grupo se ocupaba de aquellos infortunados soldados iraquíes circunvalados por enormes piedras un poco más lejos.

Entonces descendieron de la colina, examinaron uno a uno los cuerpos expandidos de los Marines por doquier, aquel que presumiblemente lideraba aquella patrulla, aún con vida, desorientado, de rodillas imploraba el perdón.

- Please, don’t kill me! Please, forgive me!

Luego, cuando ya todos los combatientes lo rodeaban observándolo silenciosos, con sus armas apuntando hacia el suelo, postrado de rodillas, con sus ensangrentadas manos apenas pudo extraer de su chaqueta unas maltratadas fotos y se las mostraba a todos, ante sus ojos, en ella, una mujer y a su lado, dos niños de sexo diferente, de raza blanca, sonrientes.

Ante la mirada indiferente de aquel grupo, compuestos en su mayoría por adolescentes, de rodillas y entre sollozos suplicaba el perdón a su vida.

Luego entre llantos incontenibles suplicaba a todos y a cada uno le dejaran partir, prometía irse para siempre de esos lugares, implorando la misericordia, su familia, sus hijos le esperaban en casa.

Luego, uno de los presentes, inclinado le haló por el cabello, con fuerza, con violencia y tiró su rostro hacia el suyo, ante el asombro de los demás, empezó a preguntarle en inglés, el lenguaje de aquel infortunado:

- ¿Nos pides piedad por tu vida? ¿La tuviste tú y los tuyos cuando vinieron aquí, a nuestro país y bombardearon sin piedad nuestras casas, nuestros pueblos, nuestras aldeas y destrozaron nuestras familias?

¿La tuvieron ustedes con nuestra gente que jamás les han hecho daño ni a ustedes ni a nadie?

Vienen aquí, nos invaden, y sin razón comprensible nos declaran sus enemigos mortales y nos persiguen y ejecutan, nosotros no estamos invadiendo su país, no estamos asesinando sus mujeres, ni sus hijos, ni destrozando sus cosechas.

No les estamos condenando a calabozos para luego torturarlos y asesinarlos sin ninguna razón, como lo hacen ustedes con nuestra gente. No estamos violando sus mujeres, sus hijos, ni les robamos sus bienes.

Con un árabe casi incomprensible, aquel desgraciado les pedía, les imploraba el perdón a su vida ante la indiferencia de aquellos, entonces Hamza le apuntó con su rifle a la cabeza.

-¡Tipos como éste me causan repugnancia, miserable cobarde!- replicó.

Éste cerró los ojos, con un gesto se cubrió la cara rezando una última plegaria y como un último reflejo, como un postrer recurso, un acto de esperanza por salvar la vida, con reminiscencia se acordó entonces de algo infalible ante la fe de los musulmanes. Entonces, casi a gritos, gimiendo y llorando, de rodillas en su pobre árabe les gritó:

- ¡Me postro ante Alá y reclamo su protección!

Y cuando Hamza estaba por concluir con la vida de aquel extraño, sin que nadie lo esperara, de pronto surgió de la nada Karima, corriendo a su lado quien sigilosamente los había seguido en el combate, escondida para no hacerse notar:

- ¡No Hamza, no lo mates! Él viene de cobijarse bajo la protección de Alá.

Este primero le lanzó una mirada de reojo, reprimiéndola con la mirada su atrevimiento y su insensatez de encontrarse en aquel sitio, en aquellas circunstancias prohibidas para ella por su seguridad.

Entonces, aquel anciano que lideraba aquel grupo, en un acto de piedad, le apartó é hizo bajar la mira del fusil hacia el suelo, en otra dirección, con suavidad, mientras le miraba fijamente a los ojos.

- Tu hermana tiene razón, nosotros no somos como ellos, nosotros combatimos por nuestra libertad, no porque seamos criminales. Además, que Alá le perdone.

Luego se dirigió a aquel improvisado intérprete para decirle;

- Dile que Alá El Grande, nuestro Dios le perdona la vida, será protegido por nosotros y curado de sus heridas, cuando ya esté disponible, será liberado y que no vuelva nunca más por nuestras tierras y que esperamos que lleve este mensaje a su pueblo:

Déjennos tranquilos, déjennos vivir en paz, no somos sus enemigos, no queremos hacerles mal, pero no queremos que nadie, que ningún extranjero venga aquí a matar nuestros hijos, nuestras familias y que estamos dispuestos a todo, morir cien veces si es preciso para salvaguardar nuestra libertad y nuestra religión. ¡Alá es grande!

Durante meses anduvieron como nómadas, viajaban toda la noche, en el desierto que los guías conocían como la palma de su mano, de aldea en aldea, de provincia en provincia, a su paso se les unía otros, la mayoría hombres no llegados a la edad adulta, algunos abandonaban casa y familia para unirse a la cada vez más creciente resistencia.

Algunas mujeres desde los pórticos de sus casas les apoyaban con sus gritos guturales, haciendo la resonancia de la lengua con los labios, los comerciantes con su generoso aporte económico, con armas, con víveres, medicamentos o con lo que se pudiera ofrecer a aquellas hordas de valientes guerreros, libertadores de su patria.

Cierta mañana, al despuntar el horizonte, se pudo contemplar en lo alto de la montaña aquel helicóptero circunvalando la posición, Hamza corrió entonces a coger su lanza-misiles, subió hasta lo más alto, se acomodó el arma al hombro, su rodilla derecha al suelo, apuntó y después de una pausa, disparó.

El ataque fue certero y había durado apenas un momento, dispersados por doquier los restos de aquel sofisticado “Blackhawk”, entonces descendieron de la colina, Hamza encabezaba aquella comitiva, con su AK-47 en posición de tiro, se acercó y fue el primero en llegar a lo que quedaba de la coquilla de la aeronave.

Adentro en la carlinga pudo divisar esparcidos los cuerpos aún con vida de sus tripulantes, sobre el timonel, aún sangrando el piloto gemía, a su lado el encargado de las comunicaciones, y en la parte trasera, el carabinero recargado aún sobre su ametralladora y su asistente a su lado quien le proveía de municiones, tres más yacían apostados, agonizantes.

Entonces, con toda la paciencia del mundo, frívolamente, tomó su arma y apuntó sobre la cabeza del piloto, descargó y con la ayuda de su hermana, cargó de nuevo y continuó sin piedad sobre aquel cuerpo inerte, luego se dirigió al segundo y al otro, siempre con la misma operación, descargaba y cargaba de nuevo, inmisericorde, despiadado.

Cuando ya había agotado sus provisiones balísticas, cuando aún le quedaba el último por ajusticiar, se le acercó para examinarlo y comprobar su estado.

“Está muerto”- pensó, entonces se dispuso a marcharse, cuando ya se encontraba de espaldas, en dirección de su hermana, aquel moribundo soldado tomó su arma escondida en el cinto, como un último y postrer esfuerzo, apuntó y acertó repetitivamente a Hamza por la espalda, éste se desplomó de bruces, los impactos le hicieron girar por el suelo, tierra abajo, expulsando gruesas bocanadas de sangre por la boca, y se quedó allí tendido, con la mirada hacia el cielo.

Impulsada por el dolor a la tragedia y a la pérdida, Karima vio cuando se desplomó su hermano, lo tenía a tan corta distancia, corrió a su lado y se postró ante él, este la miró detenidamente y entre sus brazos logró apenas susurrarle;

- ¡Cuídate hermanita, que Alá te proteja!

Y expiró.

Durante un buen momento se quedó así, abrazada al cuerpo de su fenecido y adorado hermano, absorta en un mundo de reflexiones, sin poder llorar, sintiendo que el corazón se le salía de sus cavidades. Sus compañeros de la resistencia lograron apartarla al fin con grandes esfuerzos de aquel cuerpo fenecido de aquel bravo, de aquel héroe caído en combate.

Antes de partir, contempló el cuerpo de su hermano, inerte, sin vida, le tomó de nuevo entre sus brazos y le apretó contra su pecho, luego como era la costumbre en los musulmanes, con su hijab le cubrió los ojos, tomó la Kalashnikov, se la colocó en su hombro izquierdo, le besó por última vez en la frente, se llevó el Corán hacia la diestra de su pecho, miró de reojo por una última vez, sin lágrimas, sin gestos, sin ninguna expresión, fríamente, hacia Hamza, besó el Corán… y se marchó a continuar con el relevo é irrefutablemente, su cita con el destino.