LOS ENEMIGOS DE DIOS
RonyFer
Capítulo: «Las siete pesadillas del dios-de dioses
Aquella noche, sumido en lo más profundo de sus sueños, muchos años después de haber legado a otro dios su divino poder; mientras descansaba en su rancho de Texas, en una noche cálida sumido en un profundo sueño, escuchó el retumbar que descendía del cielo, luego espesos y negros nubarrones acechaban en el horizonte. Y se vio de pronto en lo alto de una colina, desde donde se divisaba el mundo entero, y de pronto una nube negra lo envolvió todo y de ella vio aparecer una luz descendiendo del cielo, entonces, entre aquella bruma, se le apareció transportada por aquel halo, una dama toda vestida de negro que él nunca había visto antes y que representaba la humanidad, al principio, ella lo contemplaba impávida, silenciosa; truenos y relámpagos en la mirada, fuego y sangre, luego se le acercó tan cerca que pudo divisar ese centello emanado de sus retinas, cuando estaban frente a frente, cara a cara, ésta entonces giró la cabeza sus hombros, abrió la boca de la cual emanó un fuerte viento hacia occidente, tan arrasador y violento como los vientos huracanados que destruyeran las costas y las casas, allá por Luisiana en sus aquellos años de poder, en cuanto cesó, se quedó allí, aquella extraña suspendida en el aire, en plena levitación, luego, parsimoniosamente se le aproximó de nuevo y después de un lánguido silencio, con la mirada fija en la suya, le exclamó:
- Ésta es la primera de siete, de ahora en adelante tus noches te parecerán más largas y tus sueños pacíficos no serán los de antes.
Y desapareció entre la bruma.
Se despertó horrorizado, sudando y jadeante, se vio en la oscuridad, al lado su esposa quién, con aire casi maternal le tomó entre sus brazos, estrechando su senil cabeza contra su pecho mientras le acariciaba el cabello, repitiendo sin cesar, “Tranquilo amor mío, que solo fue una pesadilla”.
Durante un buen tiempo, meses de relativa tranquilidad desde aquel extraño sueño que terminó por olvidarlo, total se dijo, solo fue eso, un sueño, uno de tantos.
Pero aquella noche de tormenta, cuando ya sumido en lo más profundo de su sueño, se vio de nuevo en aquella desolada colina desde donde se contemplaba una interminable explanada de tierra infértil, muerta, y en el horizonte se divisaba una gruesa columna de nubarrones, luego pudo sentir gruesas gotas de lluvia, que regaban todo el valle, luego aquella lluvia se convirtió en un breve instante, en un diluvio enorme, en un eterno diluvio, luego, la calma absoluta. Y entonces comprendió que esa calma relativa, era la misma que precedería a la tormenta por venir. Y tuvo miedo, se sintió solo, abandonado y abatido.
De pronto, cuando ya todo había retornado a la normalidad, se vio entonces ya no en lo alto de la cima, sino a sus pies, desde donde podía tocar aquella tierra fangosa. Y vio surgir plantaciones, el verde se apoderaba de aquel espacio hostil, maizales, trigos, frutales, flores, había de todo, no faltaba nada.
Entonces vio como un viento más fuerte que el anterior arrasaba con todo y ese viento era producido por las turbinas de muchos aviones de combate al despegar. Y luego vio en su sueño aquellos aviones lanzando bombas por doquier, con su poder mega destructor y a su paso no quedó más que aquel suelo arrasado de nuevo, luego vio la tantas veces milenaria ciudad ahora destruida, ni el tiempo ni las continuas batallas pudieron arrasar con Uruk, solo aquellos aviones que surcaban por el cielo con su lluvia de explosivos, aquella otrora joya para la humanidad entera, ahora desprovista de sus dioses protectores, Enlil, Enki y Lea.
Luego vio batallones de ejércitos que con su infantería y su caballería arremetían contra todo lo que de la furia del cielo escapó. Y entonces no quedó nada en aquella tierra, ni seres, ni plantas, ni animales, todo fue borrado de la faz del mundo. Solo ver aquel escenario desolador le causó una profunda tristeza y sus sollozos lo hicieron entonces despertar.
Y durante días enteros se le veía meditabundo y cabizbajo, consultaba infructuosamente sicoanalistas que pudieran encontrar la interpretación a sus sueños, ahora somnoliento, como para no permitir dejarse dominar por la fatiga é inexorablemente, por sus pesadillas.
Los médicos consultados aseguraban que todo eso era debido a un trastorno del sistema nervioso y aunque exámenes exhaustivos no dejaban entrever alguna lesión cerebral le recetaban entonces todo tipo de calmantes y soporíferos para atenuar aquellas intensas jaquecas casi cotidianas.
Pero todo eso solo era el preludio de noches sin final, inciertas.
Aprovechaba entonces hacer pequeñas siestas en su buró, otras en la sala o donde la fatiga lo venciese.
Y en uno de esos esporádicos descansos vio una breve escena que no pudo comprender, dispersados por doquier cadáveres apilados, de todos los continentes, de todas las razas, de todas las etnias se presentaban ante su vista, luego vio una enorme águila calva que con sus picoteos extraía los ojos y devoraba y se alimentaba de aquella carroña humana esparcida por los cuatro puntos cardinales.
Cierta vez, ya bien entrada la madrugada, vencido por el cansancio se quedó dormido en la sala, con el televisor encendido y en lo más profundo de sus sueños, vio de pronto aquellos nubarrones que se acercaban, cúmulo- nimbos inmensos acompañados de interminables y sucesivos relámpagos ocupaban toda la bóveda celeste, en su interior, una luz como bola de fuego que se agrandaba a medida que el cielo se cubría, y de pronto, aquellos negros nubarrones y relámpagos se apartaron de la luz, circunvalándola inexorablemente que ahora se tornaba de un color rojo intenso, silencio profundo, luego del centro, un enorme rayo partió la tierra en dos, una enorme fisura se formaba y aquel ensordecedor ruido producido por el craqueo de la tierra al partirse más fuerte que el rugir al unísono de todos los cañones y baterías de todas las infanterías del mundo, luego vio una enorme falla romper la tierra que nacía desde el oriente hasta el occidente.
Pronto vio que de las entrañas de la tierra surgían como plantas luego de las primeras lluvias, algunas formas fantasmagóricas, casi humanas que se desplazaban con dificultad dirigiéndose hacia él.
Y fue entonces qué, de aquella multitud de muertos vivientes vislumbró primero niños, cientos, miles de ellos, despedazados, mutilados, harapientos, descalzos y con la carroña desmembrarse de sus escuálidos cuerpos, luego secundados por adultos y viejos, todos en su dirección, a su encuentro.
De pronto vio una niña iraquí, quién sostenía con sus manos, las vísceras que de su vientre emanaban, acompañada también de miles de niños y adultos, descuartizados, mutilados, víctimas de los bombardeos, en su país natal, se le acercó, con la mirada clavada en la suya y con un gesto acusativo, le oyó recriminarle en su lengua:
- ¿Lesh aná? ¿Lesh ehná?- extendiendo su brazo, con la mano abierta mostrando a aquella macabra concurrencia.
Luego, sobresaltado, jadeante y sudoroso se despertó y se vio solo, abandonado en la casi penumbra del lugar.
Entonces pensó que todo eso era obra de sus enemigos, consultó los más eminentes religiosos, aquellos famosos magnates tele-evangelistas, sus incondicionales aliados en sus años de gloria y poder y de cardenales y de rabinos para que le exorcizaran de los espíritus del mal. Al mismo tiempo, cosa rara, lo embargaba la curiosidad por conocer el contenido de los sueños restantes.
Y como estaba previsto, cuando la fatiga le vencía, se quedaba así, boquiabierto y con los ojos desorbitados y fue entonces que vio aparecer en sus sueños multitudes de cadáveres y cuerpos que se erguían y se dirigían en su dirección, los vio de todas las nacionalidades, de todos los estratos sociales, tumulto de fétidos y desgarrados miserables, hordas extraídas de los confines del averno, amenazantes y con la mirada sin vida.
Entonces un viejo, quien encabezaba aquellas huestes macabras se le acercó y en lengua persa le dictó:
-Cherah man va? Cherah mahá?
Luego del grupo surgieron aquellos adultos y niños afganos que en coro le recriminaban:
- Bachi ma? Bachi moo bachidigaa?
Y en seguida aquellos de Paquistán o Afganistán; que en lengua pashto le cuestionaban al unísono:
Main kihó? Humloghe Kino?
De pronto, ante sus ojos vio un niño latinoamericano quien con tierna voz apenas audible le formuló, en su idioma, la misma pregunta:
- ¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros?
Lucía un semblante muy pálido y desde semanas anteriores se había manifestado en él toda pérdida de lucidez de espíritu, que le ocasionaba ahora más constante, cierta pérdida de la memoria.
Su estado físico se deterioraba, ahora se le veía más frágil, más vulnerable, aquella extraña é ignota enfermedad que padecía empezaba a mostrar todo su embate en aquel cada vez más flácido cuerpo, su palidez se asemejaba más y más a la de la muerte, perdía el apetito y hasta la razón, se volvió intolerante y malhumorado, reñía por todo y con nada estaba de acuerdo.
Aunque se esforzaba por no dormir, realizaba cualquier actividad para vencer ese deseo, esa necesidad de dejarse dominar, se quedaba allí, con los ojos entreabiertos donde la fatiga le venciese.
Tenía miedo, se sentía aterrorizado, esas pesadillas le estaban arrancando la vida poco a poco y aunque se había propuesto evitar soñar de nuevo, sus días se hacían insoportable, lo que antes, en sus antaño y lozanos años de gloria y poder fue la culminación de sus sueños, ahora se le revertían en horribles pesadillas que desfilaban ante sus ojos como diapositivas de imágenes apocalípticas de un mundo a su parecer ficticio.
- Ha de ser el inicio de mi senilidad- se confortaba en sus pensamientos, buscando en su interior, escudriñando en lo más íntimo del espíritu mismo las razones, el porqué de aquellas noches largas, sin encontrar respuestas que como panacea le aliviaran en aquel tormento.
Buscando reconforte a su cada vez más atormentada alma, ahora se ocupaba en cosas más simples, haciendo de la jardinería su pasatiempo preferido.
Por horas se le veía en plena labor cultivando y podando flores, el tiempo le absorbía ahora al cuidado de plantas, taciturno, perdido, silencioso.
Por recomendación médica se había convenido que pasaría la Navidad con su familia y ya entrado el nuevo año se haría los exhaustivos exámenes médicos, aunque los especialistas no encontraban aún signos de inquietud, le recomendaban reposo absoluto.
Su familia y cuerpo de seguridad se preparaban para el largo viaje, él, en cambio, deseaba estar sólo, profundamente sólo y ordenó le dejaran descansar.
Mientras cortaba algunas flores, vio de pronto que del centro del inmenso jardín de su casa, en aquella cabaña rodeada de rosales y buganbilias rojas encaramadas en aquellas paredes blancas trenzadas por tiras de madera, un niño al cual él nunca había visto, pensó para sus adentros que probablemente era el hijo de alguien de la servidumbre o de la seguridad, de pie en el centro del cobertizo que le observada detenidamente, sin recelo, luego, con un gesto de la mano, le invitó a seguirle hasta la fuente que se encontraba en el centro, una estatua de un niño proveía un manantial que la alimentaba de agua.
Luego, en aquel silencio sepulcral, aquel extraño infante hizo un ademán con la mano, las tranquilas aguas de la fuente se vieron de pronto agitadas y fue entonces cuando dios-de-dioses pudo observar la historia de su país, desde el inicio.
Vio las guerras por la independencia de su país, luego a los próceres de la patria extender aquellos enormes pergaminos para luego calzar su firma en el acta de la nación.
En seguida, contempló en aquellas imágenes reflejadas en las aguas turbias, la guerra secesionista y el nacimiento de un gran imperio.
Luego vio cuando, como primera aventura beligerante, su país invadía a un indefenso país vecino, le arrancó territorios, le humilló y le condenó desde entonces a ser un estado sumiso y entregado.
Por un largo instante se quedó allí. Observando aquellas escenas que a su vista se presentaban como macabras diapositivas que él, dios-de-dioses jamás imaginó se le presentarían así, tan reales, tan tangibles.
Y en aquellas imágenes en las agitadas aguas de la fuente, desfilaron escenas de las guerras, de todas las guerras dónde su país se entrometiera, guerras creadas por otros, guerras creadas por ellos, guerras contra países amigos, guerras inventadas, guerras contra indefensos estados, guerras saturadas de saña, guerras contra los niños, ¡guerras…guerras…guerras! En aquella nación sedienta de sangre y guerras.
Pudo ver la magnitud de la maldad de su pueblo, dónde antes hubo vida, un inmenso hongo blanco-plomizo se levantaba como desafiando al cielo y sus moradores, sacudía las entrañas mismas de la tierra, con un ruido inmenso, tan inmenso que repercutía hasta los confines del mundo.
Contempló un pueblo, negociando una salida a aquella guerra ya terminada, negociando su rendición, de pronto por el cielo del sol poniente se divisó el raudo vuelo del espectro de la muerte y de la aniquilación, inmensa águila calva de color metálico, con las insignias: Enola Gay.
Los habitantes de aquella ciudad condenada al exterminio fueron despertados en la madrugada de aquel 6 de Agosto por una deflagración, la primera que sacudiría al mundo, luego le seguirían otras y otras y tantas más, aunque fuera a título experimental.
Entonces, dios-de-dioses trataba de no ver más, ahora comprendía mejor, su nación, su pueblo, su raza, los más déspotas, los más despiadados, con ojos suplicantes le pedía a aquel niño extraño que ya no siguiera, que ya no lo atormentara más, pero era imposible, tenía que ser testigo de todo, absolutamente todo lo que su pueblo creó en su enajenada carrera por obtenerlo todo.
Esto era sólo el principio, lo peor estaba por venir.
De pronto, las aguas de la fuente se estabilizaron, el niño aquel, sin mediar palabra alguna, apenas le observaba, sin gestos, solo contemplándolo, con un leve movimiento de su mano izquierda, sin siquiera tocar las aguas, las agitó nuevamente con olas breves, las aguas, siguiendo un ritmo armonioso, suave, delicado, formaban otras imágenes, como diapositivas que se trazaban en el fondo de la fuente.
Vio a doce personas, todos varones, apenas vestidos todos con una túnica blanca con diseños trazados en oro y plata.
El que encabezaba aquella comitiva, de un color de piel ébano, el pelo liso, negro y largo, sostenía en su mano una caña de oro con el mango figurando un ave-serpiente en jade verde, su corona adornada de penachos de plumas de quetzal y su mirada de fuego.
Se dirigió al dios-de-dioses, quién con el rostro contraído, aterrado, buscando clemencia en aquella mirada de fuego serpenteando centellas que emergían de aquellos ojos de fuego de aquel anciano, y se le acercó:
¡Pum…! Sonó la caña al ser clavada en el suelo, con fuerza, con rabia y violencia, y la tierra tembló.
¡Pum…! ¡Pum…! ¡Pum…! Al unísono las otras once cañas que incrustadas en las entrañas de la tierra le formaban una fisura tan grande que casi la parte en dos.
Y el aire y el eco se llevaron en aquella tarde del mundo el constante ¡Pum…! ¡Pum…! ¡Pum…! de aquellas varas adornadas con cabeza del ave-serpiente a todos los confines del universo.
- Somos los creadores del tiempo, los artesanos de una gran civilización; somos los Grandes Sacerdotes Mayas, creadores del maíz y del frijol para alimentar al mundo, somos los fabricantes de eclipses y de lluvias y de noches de luna y de días soleados.
De templos magníficos que descansan escondidos entre junglas milenarias protegidas por una foresta virgen y hermosa.
Somos los que un día regresaremos, con la verdad en nuestros corazones a reconstruir toda la sabiduría que intentamos transmitirles a todos los seres del mundo y que no supieron aprovechar. Nuestro mensaje de amor y de armonía.
Tu pueblo vino aquí, a nuestras tierras, nos robaron a nuestros hijos, les masacraron y violaron a nuestras mujeres y destruyeron la inocencia de nuestros niños.
Tu pueblo vino aquí, a nuestras tierras, a nuestro dominio, al no tener el valor de enfrentar a nuestros nobles guerreros en regia batalla entre hombres, frente a frente, los atacaron desde el cielo con sus águilas que vomitaban muerte y destrucción.
Tu pueblo vino aquí, a atacar cobardemente, desde el cielo, a todo un pueblo indefenso y noble.
Extrajeron toda su riqueza dejando a nuestro pueblo sumido en el hambre, en la desolación, en la ignorancia, corrompieron el alma de nuestro pueblo, se los llevaron lejos y les convirtieron en instrumentos para sus tantas y salvajes guerras.
En cuanto a ti; sintiéndote el ser más poderoso, el más arrogante, sin respecto alguno por las tradiciones y la cultura de los pueblos; tú profanaste con tu presencia el Centro Ceremonial de nuestros descendientes en Tecpán; nos ofendiste con tu presencia.
Nadie que tenga el corazón de malvado puede pisar nuestros sitios de reflexión y plegarias, si se tiene el corazón perverso, si no se siente el mínimo de amor al prójimo, si su espíritu está carcomido por la maldad, la corrupción, la falsedad y la ambición desmesurada; su presencia allí es inaceptable.
Pero volveremos, la fecha está próxima, el castigo de los creadores del tiempo caerá inexorablemente contra todos aquéllos que atacaron injustificada y cobardemente nuestra nación de mayas. El Petén surgirá de nuevo como una gran nación, como una nación luminaria que servirá de faro para la humanidad entera. La fecha está próxima, se acerca ya ese día, tan esperado por nosotros y por todos los seres de este mundo. Y todos los descendientes nuestros serán felices nuevamente, como lo fue en nuestros tiempos.
Y desaparecieron, se esfumaron sus imágenes aterciopeladas con penachos del ave-serpiente reflejadas en el agua.
Él seguía allí, embobado, sin poder exclamar nada que no fueran gemidos.
El niño le observaba, silencioso, luego volvió a agitar las mansas aguas, sin siquiera tocarlas y dios-de-dioses. Se vio de pronto en el Battery Park en Manhattan, ante la estatua de la Libertad, en la isla del mismo nombre, a orillas del Río Hudson.
Aquella reina de cobre- verde, estática en el tiempo. Su mirada de ternura reflejada en sus ojos de cobre- verde, la antorcha, en su mano derecha, elevada hacia el cielo como iluminando a la humanidad, en la izquierda, la tablilla de ley con una fecha inscrita en símbolos romanos marcan una fecha: JULIO IV MDCCLXXVI, y a sus pies, apenas calzados por una cadena rota, símbolo de generosidad, esperanza y libertad y que fuera diseñado por Frédéric-Auguste Bartholdi, donada como muestra de amistad por el pueblo francés en conmemoración al primer centenario de la independencia de la nación.
La mujer representada en la estatua es Marianne, emblema nacional de Francia, que es una personificación de la libertad y la razón.
“Dadme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras masas amontonadas anhelando respirar libremente, la basura desgraciada de su orilla de vertido. Enviadme éstos, el nómada, tempestad-sacudido. Levanto mi lámpara al lado de la puerta de oro”.
Se puede leer en una placa asentada en una de las paredes en bronce, corroída ya por las inclemencias del tiempo. Con su mirada, casi maternal, la frente en alto como queriendo divisar en el horizonte del mundo, la llegada ansiosa, a puerto seguro de millones de desamparados.
Así estuvo dios-de-dioses, absorto contemplando aquella estatua en la lontananza, de pronto tuvo la impresión que… ¡se movía! ¡Sí! La estatua se movía.
Primero se sacudió la cabeza y le miró fijamente, sus ojos emanaban rayos y truenos, luego agitó su antorcha sostenida por su mano derecha, la lanzó con toda la potencia sobre el mar Atlántico, y le vio estrellarse en el Monte Kilimanjaro, en Kenia.
Luego alzó la voz al cielo, en un estrépito que se escuchó en todos los confines del mundo.
«Vengan todos, vengan a probar de la Gran Manzana, que para todos hay.
Vengan de todos los rincones del planeta, de todos los colores, de todas las razas, de todas las religiones, todos están convidados a comer de la Gran Manzana, la tentadora Gran Manzana. Vengan todos al festín, que no quede nadie sin probar la Gran Manzana hecha para toda la humanidad.
Pero recuerden, fue la manzana la que corrompió a los seres humanos, es la fruta prohibida, la de la tentación.
La manzana es el fruto de la muerte - les hizo la reminiscencia a todos los pueblos del mundo - es la tentación que condujo al hombre a su destierro eterno, a su propia destrucción».
En seguida, un silencio ensordecedor, que presagiaba algo peor por venir, un advenimiento de algo terrible, luego de su corona empezaron a salir cual meteoros y cometas hacia todos los cielos del planeta, aquellas centellas que no eran más que misiles lanzados hacia todos los pueblos del mundo.
Y resonó entonces una carcajada, una horrible carcajada emanada de la garganta centenaria de la reina vestida de cobre-verde.
“! Já… já… já!” retumbó aquella carcajada que hizo estremecer al cielo, despertando a todos los inquilinos de este planeta con su burlesca carcajada.
¡Já… já… já! ! Fuck the world!
Luego, de aquella mano que otrora sostuviera la antorcha, levantó el dedo medio, el del corazón, en alto, los otros dedos escondidos en la palma de la mano, y con firmeza se los mostró entonces al mundo.
Era un ser diabólico, girando su cabeza que lanzaba misiles a todos los rincones, sin dejar de emitir aquella burla infernal, miró hacia el suroeste, hacia California.
-¡Vamos Arnold!, nuestro Arcángel, que con tu espada de guerrero nuestro, expulsas esas hordas de indios, negros y chinos. ¡Vamos, nuestro Arcángel Arnold, expúlsalos, saca de nuestras tierras de cultivo y de nuestras vidas a todos esos indios mexicanos, centroamericanos o de cualquier nación!
¡Adelante, mis valientes soldados, lanzadores de bombas desde poderosos aviones nuestros, efectivos en el arte de matar! ¡Acaben con todos, no tengan piedad, aniquílenlos, a todos, que no queden ni hombres, ni mujeres, ni niños, todos por igual, que desaparezcan de la faz de la tierra todos los pobres, todos los oprimidos, todos los olvidados… ¡Já…já…já!
¡Vengan, vengan todos, vengan a la Gran Manzana, vengan a pudrirse con este fruto que es tentación y de la cual se sirven reyes, magnates y gobernantes del mundo entero!”
Luego, el silencio total, como si las entrañas del mundo se preparara para algo peor, nada más pasó, la diosa de cobre-verde seguía ahí, serena y con la mirada perdida en el horizonte, con su antorcha iluminando el mundo.
Entonces, el niño se fue desvaneciendo, desapareciendo de la vista del dios-de-dioses, se fue tal como vino, simplemente, se esfumó.
Entonces, dios-de-dioses se quedó solo, profundamente solo y triste, empezó a sentir cierta debilidad súbita, cierto adormecimiento de la cara, las manos, las piernas. Su ojo ya no era capaz de ver con claridad, se sentía mareado, le fallaba el equilibrio, buscó entonces su butaca para reposarse un poco. Aquel dolor agudo de cabeza le estaba torturando.
Y entonces, cayó en una especie de sueño que no era sueño.
En seguida se vio atravesando un extenso y oscuro túnel, al final halló una niña que le esperaba, con la mano extendida hacia él.
Luego se dejó conducir por aquella infanta con atuendo iraquí, su guía, ella le tomó de la mano, suavemente y con ternura y lo condujo por un largo y oscuro pasillo, de pronto, en la oscuridad, apenas iluminada por un halo de luz suave vio a cientos, miles de seres, hombres en su mayoría, todos en avanzada edad, todos vestidos con una túnica negra, cabizbajos, sombríos, taciturnos, sin mirada en aquel inmenso salón.
- Reconozco a algunos de ellos, de los otros, solo supe.
- ¡Por supuesto! A todos los conoces a algunos más que a otros, ¡pero a todos reconoces! ¿Sabes por qué? ¡Tienes tanto en común! Todos, en su debido tiempo, también se sintieron dioses.
- Éste de aquí- señalando a aquel anciano – lanzó dos bombas atómicas en un país ya derrotado y negociando su rendición, miles murieron en el acto y todas las generaciones por venir fueron condenadas, durante muchos años, después, algunos años más tarde, ensayaría su arsenal de bombas químicas y biológicas sobre populaciones civiles, más allá del paralelo treinta y ocho. Este otro, antaño vaquero de películas, bajo su mandato murieron miles de seres sobre todo en Centro América. Aquel de allá vino del África, ¡se comía las entrañas de sus prisioneros! Este otro, de Haití, se enriqueció con el sufrimiento y el dolor de su pueblo, mató y torturó a miles, el de al lado está su hijo quien le relevó del cargo y continuo con la obra desoladora del padre. Y por aquí, éste otro, se autoproclamaba “El Ungido”, “el enviado” y cometió los más horrendos crímenes contra toda una nación de ancestros mayas.
Aquel, el de la esquina, alguna vez fue gobernante de la otrora nación más poderosa del mundo, envió a miles al cadalso frío de los goulags de la Siberia, matando a otros tantos miles, él, como todos aquí, cometieron los más horrendos crímenes contra la humanidad.
Y aquella interminable lista se continuaba por un largo tiempo, todos, ante sus ojos mostraban su profundo pesar y su inútil arrepentimiento.
Reconoció entre aquella multitud de atormentados para la eternidad a los Hitler, Truman, Mussolini, Churchill, Pompidou, Hirohito, Stalin, Milósevic, Jomeini, Sharon, Olmert, ben Laden, Napoleón y miles más, desde el inicio de la historia, y algunos otros conocidos por él por simple intuición; Ríos Montt, Lucas García, Viola, Trujillo, Pinochet, Sánchez, Somoza, Duvalier, Amin Dadá y tantísimo más.
Vio incluso a su abuelo, luego su propio padre, y a su lado, un espacio vacío, reservado, en espera.
Y vio también entre aquella multitud, desde generales hasta simples soldados, los otrora hombres influyentes y poderosos reyes y monarcas.
Hombres de negocio, científicos inventores de armas de destrucción masiva, jefes de gobierno, traficantes connotados de todo género, destructores de vida.
Magnates comerciantes acaparadores de alimentos y de medicinas, fabricantes de hambrunas y de pestes; también pudo distinguir científicos de laboratorios multinacionales, creadores de virus mortales. No faltaba en aquella muchedumbre de desgraciados, los jefes y caudillos de iglesias y de todas las religiones, mercaderes de la fe.
- ¿Y todos ellos ya vieron a Dios?
La niña le miró de reojo, mientras sonreía cándidamente:
- ¡Todos miran a Dios, aunque sea una sola vez!
- ¿Y por qué están vestidos de negro? ¿Cuál es su castigo?
- Su condena, lamentarse de sus actos para toda la eternidad, despojados de ese poder terrestre que aquí de nada les sirve, despojados de todo privilegio adquirido. Están vestidos así, con ese atuendo negro en señal de sus impuras almas y de sus macabros planes hacia la humanidad.
- ¿Y fue Dios mismo quien les condenó?
- ¡Dios no condena a nadie! Cada quien reconoce por sí mismo, al llegar aquí, el castigo o el premio que merecen sus acciones.
Mientras le conducía, al final de aquel interminable túnel, se vio de pronto en aquel basto valle, entre una enorme vereda bordeada por árboles de la flor de Madagascar que despedían aquel perfume por doquier, luego un inmenso jardín de jazmines, rosas y azucenas. Por los cielos volaban libremente quetzales, palomas, águilas, chorlitos, papagayos y todas las aves del cielo. Vio animales y plantas habidos y por haber y que formaban parte de esa fauna y esa flora en el jardín del Edén.
Vio fuentes por doquier, de donde brotaban manantiales de agua clara. Sintió el olor de todos los perfumes emanados de tantas flores.
De pronto, al final de la travesía, iluminado por una tenue luz, en un lugar de donde expedía cierta paz, cierta tranquilidad, ese candor, esa sensación de bienestar, de amor puro, de conforte, rodeado por miles o millones de niños de todas las razas y colores, vio a Dios en un trono, quien con aire misericordioso le miraba fijamente.
Y lo vio entonces con rostro multirracial, multiétnico, totalmente diferente de como lo presentaban los grandes artistas pintores. ¡Nada que ver con aquel anciano barbudo y calvo, de ojos verdes, tez blanca y cabellera larga!
- No veo adultos, ¿dónde están?
- Los privilegiados que tienen acceso a este lugar, al llegar aquí, nacen de nuevo, llegan a cierta edad, niños todavía, y así permanecen por la eternidad, no se hacen adultos, para luego, irrefutablemente hacerse ancianos y posteriormente; morir. Aquí la muerte ya no existe, nadie muere dos veces. Aquí no hay necesidad de lenguajes ni de signos para comunicarse, aquí reina la armonía, el amor puro.
Entonces se aproximó a Dios, al supremo y verdadero rey de reyes, quiso decir algo, más de pronto sintió una profunda vergüenza, una pena muy grande, nacida desde lo más remoto de su interior.
Bajó la vista, se sintió incapaz de verlo directamente a los ojos, entre balbuceos y sollozos reconoció entonces la existencia de este Dios, único y verdadero, un Dios para todos, pluralista, sin pueblo elegido en particular, sino que para todas las naciones y para todos los seres, repleto de amor, y el cual él negara en tantas ocasiones.
Luego, girando lentamente la cabeza sobre su hombro, como lo hiciere alguna vez, solo que ahora miraba hacia el lado opuesto, a su lado izquierdo, humildemente, sin arrogancia y fue entonces que se vio entre torrentes de petróleo y de dinero, rodeado por su familia, sus amigos y sus aliados, comparsas de siempre, en aquellos años de poder absoluto, de grandeza y de derroche, en aquellas lejanas noches de gala y de lujuria, de caviar y champaña allá en la Casa Blanca.
Luego vio a seres humanos, inocentes todos, destrozados por las bombas lanzadas de rapidísimos y modernos aviones de combate.
Vio en aquella visión poderosos ejércitos invadir indefensas naciones, soldados deleitarse mientras bebían la sangre de sus víctimas, violar niñas, torturar prisioneros, masacrar pueblos. Vio el rostro burlesco de militares de todos los rangos y civiles interrogando acerbos; a sus víctimas, vio prisiones clandestinas y prisioneros acusados sin el debido proceso, repartidos por doquier.
Vio multinacionales repletas de dinero y de poder, y hombres y mujeres en plena locura de derroche sin mesura. Vio la abundancia exuberante de sus servidores de antaño.
Pronto esta escena fue remplazada por otra, menos grata de ver.
Vio niños por todo el orbe, con las barrigas llenas de parásitos, con sus fláccidos cuerpecitos y la mirada perdida, implorando algo para mitigar el hambre, mientras las moscas les revoloteaban por sus bocas.
Madres que con sus escuálidos senos trataban inútilmente de amamantar infantes, senos vacíos de leche materna, otras llorando la pérdida de sus hijos, viudas solitarias extrañando sus esposos, hijos desperdigados por doquier a la búsqueda de sus progenitores, pueblos arrasados y destruidos por la codicia de los demás.
Vio también aquella empobrecida é infecunda tierra, sin recursos naturales, todos explotados indebidamente, vio el azote del cambio climático como consecuencia de la avaricia voraz y destructora.
También contempló con amargura, a su pueblo y a otras naciones de la Europa occidental y Canadá perderse en el caos de la corrupción, enriquecidos a reventar de los patrimonios de las naciones desheredadas.
Era la decadencia social, jóvenes perdidos en el limbo de las drogas, de la prostitución, padres contra hijos y viceversa, matrimonios entre seres del mismo sexo, abortos, crímenes por doquier, incestos, violaciones, suicidios, todos productos de la enajenación social y la mezquindad.
Luego, aún conmovido por aquellas escenas de horror, sacudido en su interior por una extraña fuerza llamada conciencia, apenas pudo balbucear:
- ¡Ese ejército! ¡Era yo era su comandante en jefe! Esos soldados implacables y deshumanizados, ¡Estaban bajo mis ordenes! ¡Yo ordené invadir esas tierras, arrasarlas, destruirlas! El aprisionamiento y tortura de esos seres, me fueron indiferentes, como lo fueron el sufrimiento de millones de seres.
Acumulé enormes riquezas con el sufrimiento de la humanidad entera, no tuve compasión por los débiles ni los desprotegidos.
- Al ver esas tristes escenas, hubo cosas que no fui responsable, pero que nada hice en mi poder por cambiar. Ahora comprendo mi error, fui ciego y sordo, no quise ver, no quise escuchar.
Luego se volteó hacia el trono de Dios, profundamente arrepentido, postrado de rodillas, llorando, descargando al fin aquella alma maligna, imploraba del Señor su divino perdón, le suplicaba darle otra oportunidad, juraba y prometía que al volver, haría todo cuanto estuviera en su poder por cambiar.
- Muy tarde llega tu arrepentimiento – le reprimió la niña- tuviste tu oportunidad, desde tu puesto privilegiado en la historia y no la supiste aprovechar, ahora, despojado de poder y de influencias, nada puedes hacer, lo que ya se hizo, nadie puede deshacer. Tal es la ley que rige el cosmos desde el principio del tiempo.
- Y Dios, ¿Por qué no me responde?
- Durante mucho tiempo te estuvo enviando mensajes que nunca quisiste escuchar y por tanto, ¡eran tan evidentes! ¡No hay más sordo que aquel que no quiere escuchar! Los mensajeros de la paz y del amor demostraron con su ejemplo, lo que Dios espera de todos sus hijos. Que se amen los unos a los otros.
Luego lo comprendió todo, en silencio, resignado, mientras un niño vestido de quechua, le entregaba en sus manos, su respectiva túnica negra.
Al regresar su familia y la servidumbre le encontraron sin vida, inerte en el jardín, en aquel diván, los ojos abiertos, desorbitados, excretando un espeso espumarajo por la boca, los médicos que examinaron el cadáver diagnosticaron muerte por embolia cerebral.
La muerte del dios-dios ocupó apenas algunos espacios en los titulares de los medios informativos del mundo, total, “A dios muerto, dios puesto” rezaba aquel adagio popular.
Además, fue un dios que ahora la sociedad trataba de olvidar por lo perverso de su mandato, de su insaciable hambre de carne y sangre humana y para sus conciudadanos, el daño irreparable que le causó a la economía y al orgullo nacional.



